
Extensión territorial de Gales: 20 764 Km. Si comparamos a Gales con países de la América, tiene aproximadamente la misma extensión que la república centroamericana de El Salvador (21 041 Km2) y casi el doble de la superficie de la isla caribeña de Jamaica (10 962 Km2).
En comparación con la totalidad del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte, nos encontramos con las siguientes cifras:
Inglaterra: 130 347 Km2 Escocia: 78 749 Km2
Irlanda del Norte: 13 566 Km2
Gales: 20 764 Km2 TOTAL DEL REINO UNIDO: 243 426 Km2
La extensión de Gales, por consiguiente, representa un 8,53% de la superficie del Reino Unido, es decir, un poco menos de la décima parte del área total.
Mayor elevación: El Monte Snowdon (1 085 metros), en la cordillera de los Montes Cámbricos. Del Snowdon se ha dicho que este monte “es a la geografía galesa lo que el idioma gales es a la cultura de la región”. También notable es el Fiat Crag o Carreg Wastad, impresionante farallón usado para sus prácticas de escalamiento por los montañistas de la triunfante Expedición Británica al Monte Everest (1953).
Ríos: Gran Bretaña (y, por consiguiente, Gales) no es país de grandes ríos. Pero el más largo de ellos, el Severn, con un curso de 290 Km, es un río “muy gales” (aunque discurre por Inglaterra durante buena parte de su recorrido), pues nace en las alturas del nordeste de Gales para seguir un curso semicircular e ir finalmente a desembocar en el Canal de Bristol y el Océano Atlántico, junto a Cardiff, la capital galesa. El Wye (210 Km) es otro importante río que tiene su nacimiento en los páramos de la región central de Gales, penetra en Inglaterra, y va a desembocar en el ancho estuario del Severn.
Nombre de Gales (en gales): Cymru (palabra que significa “compatriotas”).
El nombre inglés de Gales es Wales, palabra que parece derivarse de Waelisc (”extranjeros”), término que los antiguos anglosajones aplicaron a los galeses y que luego fue perpetuado por los normandos.
Estampillas postales: Iguales que las estampillas inglesas, pero, además de mostrar la efigie de la Reina Isabel II, exhiben un pequeño dragón, que es el emblema nacional gales.
El Reino Unido está formado por Irlanda del Norte y los tres países de Gran Bretaña: Inglaterra, Escocia y Gales. Cada uno de estos países tiene características particulares y goza de cierta autonomía, a pesar de que los cuatro son regidos desde Londres por un gobierno central. El de Gales, con sus tres millones de habitantes, es el único que aún emplea, bastante ampliamente, una lengua distinta del inglés: el gales, de la cual los galeses se sienten muy orgullosos, así como de la identidad tan bien definida que ese idioma les da entre los otros países del Reino Unido.
Cuando uno llega a Gales desde Inglaterra, varios detalles le anuncian que está en otro país. En primer lugar, está el Dique de Offa, que es una zanja construida por un notable rey del mismo nombre* durante el siglo VIII y que recorre la frontera entre ambos países, de norte a sur, por 270 kilómetros. En segundo lugar, están los carteles bilingües que dan la bienvenida —en inglés y en gales— y que enseguida nos hacen notar que estas dos lenguas se parecen tanto entre sí como el español y el eslovaco.
Entrando por el extremo sur y cruzando el río Wye a la altura de la histórica ciudad de Chepstow, uno puede jugar con la broma de los locales que le dicen: “Si te paras justo en el medio del puente, tendrás un pie sobre Inglaterra y el otro sobre Gales al mismo tiempo”.
Pero lo cierto es que no se pueden notar tantas diferencias entre ambos lados de la línea hasta que uno se interna más profundamente en territorio gales, salpicado de montañas y valles. Entonces es que se encuentran algunos pueblos donde los lugareños sólo hablan gales entre ellos, usando el inglés —con un fuerte acento— para comunicarse con los forasteros. Y también hay algunos ancianos que sólo hablan el gales y que no entienden nada del inglés.
Hoy en día, sólo el 25% de la población habla correctamente el idioma ancestral, y en las grandes ciudades —como Cardiff, Swansea y Newport— hay franco predominio del inglés. Pero, aunque el inglés ha venido a ser la lengua más hablada en el Gales de hoy, esto no hace que los galeses sean idénticos a sus vecinos, los ingleses. Hay marcadas diferencias de personalidad entre ambos, y esto se puede notar fácilmente en el comportamiento social de unos y otros.
Cuando uno entra a un pub en una ciudad inglesa, uno se sienta con un vaso de cerveza a observar a la gente, dejando que las horas pasen, y es bastante probable que no se establezca diálogo alguno con el desconocido vecino de mesa, a excepción de las usuales frases de elemental cortesía. En Gales, por el contrario, el contacto viene casi inmediatamente, sobre todo si los parroquianos galeses se enteran de que uno procede de un país lejano, y lo más probable es que le insistan para que se deje invitar a medio litro de bitter (cerveza morena galesa), costumbre que no nos sorprendería en un país mediterráneo, pero no observada en Inglaterra.
Aunque no se puede decir que Inglaterra sea tan ostensiblemente distinta de Gales como lo es de Francia, por ejemplo, lo cierto es que sí existen fuertes diferencias que se aprecian en lo cotidiano: en la calle, en el mercado, en la arquitectura de las casas y en la misma fisonomía de los habitantes.
Políticamente, la distinción ya no existe desde que Gales fue anexado a Inglaterra en el siglo XVI, pasando así a incorporarse a lo que hoy es el Reino Unido. Esto ocurrió en 1536, al promulgarse en Inglaterra la Ley de la Unión (Act of Union), durante el reinado de Enrique VIII. Mucho antes, sin embargo, Eduardo I de Inglaterra, en el año 1277, había invadido a Gales y originado la costumbre de dar el título de Príncipe de Cales al heredero de la corona inglesa (véase inserto, pág. 585). Pero Eduardo I no se anexó el país y éste continuó, desde 1282 hasta la citada unificación política de 1536, siendo administrado por los propios galeses, como un principado bastante autónomo (no plenamente soberano), y manteniéndose como una entidad separada. Actualmente, como parte del Reino Unido, Gales sigue conservando su identidad muy bien definida, aunque son muy contados los jóvenes de hoy que aprenden la lengua de sus abuelos o que siguen fielmente las tradiciones galesas. A pesar de ello, Gales no se ha “despersonalizado” ni parece estar en peligro de que tal cosa le ocurra.
En esta época, las separaciones entre los países europeos se han ido acortando, gracias al avance del transporte y las comunicaciones, y gracias también a la aceptación de políticas comunes (Mercado Común Europeo, Organización del Tratado del Atlántico Norte, Parlamento Europeo, etc.). Por esta razón, la juventud galesa —sin dejar de ser galesa— ha escogido una salida práctica, hablando una lengua que la incorporará más fácilmente al resto del mundo. El inglés se habla más internacionalmente, mientras que el gales sólo se usa en Gales y en algunas pequeñas comunidades de emigrantes dispersas por el mundo, entre las que sobresale la que está ubicada en la Patagonia.
Es cierto, sí, que los jóvenes galeses emplean el inglés como lengua de todos los días, pero hay una serie de características muy fuertes, tenazmente arraigadas en su pasado, de las cuales ellos mismos —aunque quisieran— no podrían desligarse. Y esos jóvenes, aunque ahora hablan el inglés, siguen sosteniendo su espíritu gales con mucho orgullo. Además, si bien es cierto que han abandonado algunas de sus tradiciones ancestrales, siguen cultivando con veneración la poesía y la música nativas, ambas de extraordinaria riqueza y calidad.
El mismo gobierno británico ha adoptado medidas para evitar que desaparezca la lengua galesa y, entre otras cosas, fomenta y subvenciona el Festival del Eisteddfod, donde cada año se reconocen los nuevos talentos de la música y la literatura galesas. Los resultados de estos intentos son poco predecibles a largo plazo. Las cifras nos cuentan que el número de personas que hablan gales va declinando cada año. Pero, aunque la lengua sea el vehículo principal para transmitir una cultura, no es, sin embargo, la “última palabra” en cuanto a medio portador del carácter nacional. Existen otros muchos elementos que continúan delineando la identidad propia galesa, y que ayudan a diferenciar a Gales de los otros países del Reino Unido. Entre esos elementos, hay que destacar la raza, la historia y la rica mitología galesa.
En Gales, antes de la llegada de ios romanos hace dos mil años, se practicaba el druidismo (religión de los antiguos celtas, cuyos sacerdotes eran los druidas). En el druidismo, se adoraba al Sol, se dedicaban cultos a los muertos y hasta se efectuaban sacrificios humanos.
Podríamos retroceder todavía más, hasta el tercer milenio antes de Cristo, cuando a Gales llegaban, generalmente por mar, gentes de diversa procedencia, entre ellos algunos grupos de origen mediterráneo, hombres no muy altos y de piel morena, constructores de megali-tos, cuyos rasgos raciales todavía son discernibles en la población galesa (aunque no en forma dominante). No obstante, si bien es cierto que se conservan muchos testimonios arqueológicos del final del Neolítico y de la Edad de Bronce, puede decirse que fueron los misteriosos celtas, surgidos en la Europa Central, los que impusieron su lenguaje, cultura e instituciones.
Estos celtas se proyectaron hacia Escocia, Irlanda y Gales (pero no hacia Inglaterra, donde los primeros pobladores tuvieron un origen distinto). Los celtas llegaron a Gales con algunos rudimentos de agricultura y metalurgia, y desarrollaron una sociedad dividida en tribus,* en la cual la religión estaba dirigida por los druidas. Éstos, además de ser sacerdotes, eran maestros y se encargaban de transmitir la cultura de generación en generación, en un pueblo que aún desconocía la escritura. Esta gente construyó algunos monumentos de piedra sobre tumbas colectivas, que aún están en pie en varias partes de Gales.
Los celtas se desarrollaron principalmente en la costa, se adentraron en algunos valles y continuaron hablando su lengua de origen, hasta que ésta se mezcló con el latín cuando más tarde llegaron los romanos y los sometieron. La lengua galesa de hoy es una derivación del celta mezclado con el latín, y por ningún lado presenta similitudes con el inglés. Los romanos no sólo llevaron su lengua a Britannia (como llamaban a toda la isla, incluyendo a Inglaterra, Escocia y Gales), y posteriormente el cristianismo, sino que, además, construyeron carreteras, puentes y fuertes militares. Cuando cayó Roma, Gales recuperó su libertad y se sumió en un oscuro Medioevo, durante el cual revivieron algunos viejos rituales celtas.
Pero su cultura fue nuevamente amenazada con las invasiones de los anglosajones, los escandinavos y los normandos. Finalmente, como ya vimos, en el último cuarto del siglo XIII, durante el reinado de Eduardo I, la corona inglesa creció y se expandió, incorporando Gales a sus dominios, aunque reconociéndole su identidad política en forma de principado. Luego, en el siglo XVI, durante el reinado de Enrique VIII, cuando tuvo lugar la incorporación definitiva y plena de Gales, se ordenó que el inglés fuera la lengua oficial. El gales, sin embargo, siguió hablándose en las calles, y los nobles nativos fomentaron festivales en sus castillos, donde se protegían y difundían la música y la poesía autóctonas.
La historia del Gales moderno ha sido favorecida esporádicamente por algunos booms económicos. Este fenómeno comenzó a finales del siglo XVIII, en los inicios de la Revolución Industrial, cuando se descubrió que el coque mineral (carbón poroso), materia abundante en el Gales de entonces, podía alearse mejor con el hierro que el carbón de leña que había sido empleado hasta esos días. A partir de este descubrimiento, se comenzó a construir un gran número de fundiciones que debieron indirectamente su desarrollo a Napoleón, ya que, al entrar Gran Bretaña en guerra contra el “amo de Europa”, aumentó la demanda de aleaciones fuertes para la fabricación de cañones, bombas y granadas.
No mucho tiempo después, llegó la máquina a vapor y, con ella, el verdadero boom del carbón. Se excavaron muchos valles floridos en busca del mineral y, donde se encontraba una veta, surgían de la noche a la mañana pueblos enteros en los que se aglomeraban millares de mineros ávidos de trabajar.
Este importantísimo aspecto de la vida y de la historia de Gales está vividamente recogido en dos de las novelas más realistas y poéticas a la vez de la literatura británica contemporánea: Las estrellas miran hacia abajo (1935) y La ciudadela (1937), ambas de A. ). Cronin y ambas llevadas a la pantalla (en 1939 y en 1938, respectivamente). La vida de una familia minera de la región meridional de Gales fue también el apasionante tema de otra famosa novela, ¡Cuan verde era mi valle!, que data de 1939—y que fue llevada al cine en 1941— del escritor gales, nacido en 1907, Richard Llewellyn.
Más tarde, le llegó el turno al acero, con sus colosales fundiciones, etapa que, a finales del siglo pasado, fue seguida por la de la piedra pizarra, cuyo uso se extendió rápidamente por Europa, por ser un material muy duradero, impermeable y barato para cubrir los techos de las casas.
Hacia finales de la I Guerra Mundial, minas y fundiciones entraron en depresión, debido a precios más competitivos en el mercado mundial, y entonces Gales tuvo que buscar la alternativa en otras industrias. Hoy en día, existen muchas fábricas en el sur del país, por el área de Cardiff y Swansea, incluyendo plantas productoras de gas y electricidad y de procesamiento de metales.
Aparte de esta zona y de algunos valles del centro, donde sobreviven los fantasmas de unos pocos pueblos mineros, y hasta minas enteras en abandono, el paisaje de Gales es uno de los más bellos y gentiles de Europa. El color básico es el verde, y el relieve del terreno lo dan las colinas que suben hasta su punto más alto en el Monte Snowdon (1 080 m
sobre el nivel del mar), rodeado de una reserva natural. El Snowdon se puede escalar en un viejo tren a vapor (funciona desde 1896), que ha sido acondicionado para llevar a los turistas hasta su cima.
Hay otros parques nacionales en Gales, entre los que sobresale el de la costa de Pembroke, particularmente atractivo por sus notables formaciones rocosas. Los valles agrícolas, como el de Wye y Combay, son también muy especiales, y la gente que los habita conserva un espíritu muy pastoril. Sobre estos valles se levantan castillos y monumentos históricos o prehistóricos, que recuerdan al visitante los principales hitos del pasado gales.
La capital de Gales es Cardiff (300 mil habitantes). Tiene un centro limpio y poco contaminado por el cordón industrial que la rodea y, entre otras importantes instituciones culturales, es sede del Museo Nacional de Gales y del Museo Folklórico de Gales (éste último en las afueras de la ciudad).
Cardiff, que también es un importante puerto, es una ciudad donde las viejas leyendas y la historia reciente se entremezclan. En efecto, Cardiff fue uno de los puertos usados por las tropas aliadas en 1944 para partir hacia la invasión de Normandía, histórico hecho que dio inicio a la última fase de la II Guerra Mundial, y de Cardiff también —asegura la leyenda— partió Lanzarote, uno de los caballeros de la Tabla Redonda, después de sus desavenencias con el Rey Arturo, celoso este último por los amoríos de Lanzarote con la Reina Ginebra. (De esta leyenda, desde luego, existen infinitas versiones.)
Swansea, la segunda ciudad, con 170 mil habitantes, es un simpático lugar al borde del mar y con una población bastante musical. Allí se desarrolló el último Eisteddfod, el evento cultural más representativo del pueblo gales, que se celebra anualmente en el mes de agosto, casi ininterrumpidamente desde hace nueve siglos, con sus concursos en el campo de todas las artes y artesanías, pero con especial énfasis en la poesía y en la música.
Este evento (1982) duró una semana y contó con 200 mil visitantes, venidos de todo el país y de las comunidades galesas establecidas en el extranjero. El momento culminante tuvo lugar durante la solemne ceremonia de coronación del Bardo del Año, que ganó el premio con una poesía en tributo a Llewelyn ap Cruffydd (ap = “hijo de”), el príncipe guerrero que muriera en 1282, combatiendo por las libertades galesas en una batalla contra los ingleses. (Debe mencionarse, como cosa curiosa, que el poema premiado en 1964 tuvo como tema la fundación de la colonia galesa en la Pata-gonia, en el siglo pasado.)
A los galeses, sin embargo, la tradición de elegir al Bardo del Año no les interesa por la tradición misma … ni tampoco les interesan los malos poetas. Cada vez que juzgan que ningún poema tiene los suficientes méritos literarios, no vacilan en dejar ese año vacante el premio, aunque esto desilusiona mucho a los asistentes al Eisteddfod.
Al otorgamiento del premio asisten los bards (bardos), que forman la asamblea de los ancianos elegidos como los “portadores de la lengua galesa a través del tiempo”, quienes se presentan con sus tradicionales vestimentas y se sientan en el estrado de la enorme carpa-teatro para premiar al poeta más distinguido del año. Luego de haberse cantado el Himno Nacional Galés, el presidente de la asamblea presenta al bardo premiado y lo sienta en el ancestral trono, coronándolo como “aquel que durante el último año ha logrado los mayores méritos para promover y transmitir el mensaje de la lengua galesa a las generaciones venideras”.

Nación latina de América del Norte, tan grande como cuatro veces España, México tiene la forma de un cuerno de la abundancia, cuya punta sería la península de Yucatán.
Limitado al norte por los Estados Unidos y el río Bravo del Norte, que los americanos llaman «río Grande», al sur por Guatemala y Belize, el territorio está bañado por el golfo de México y el mar de las Antillas al este, por el océano Pacífico al oeste. Como los Estados Unidos, es una república federal, que agrupa 31 estados y un distrito federal. Se encuentran todas las vegetaciones y todos los climas: los de las zonas cálidas a orillas del mar; los de las zonas templadas en la meseta central; las zonas frías en las dos sierras Madre (oriental y occidental), que forman la espina dorsal del país.
«México es el país menos aburrido del mundo», escribía Jacques Perret. En los aproximadamente 3.000 km que separan los Estados Unidos de Guatemala, la variedad de pueblos, costumbres y paisajes es auténticamente prodigiosa. En el capítulo de los clichés, México aparece como un desierto, jalonado de cactus, recorrido por jinetes bigotudos, con su ancho sombrero, vestidos de negro y llevando gigantescas espuelas de plata, machos valentones que cultivan el gusto por la muerte. Y se descubre, en toda la exuberancia de una vegetación tropical, un pueblo barroco, apasionado, amante de la fiesta, de la música, de las flores y de todas las artes. El enfremamiento entre las civilizaciones indias y la cultura española acabó en un maridage de donde ha surgido una irresistible explosión de vida. Visitar un pueblo, descubrir un mercado, seguir una peregrinación, es sumergirse en un baño de colores y gustar la borrachera de la desmesura.
En el pueblo, si la iglesia tiene color pistacho, el ayuntamiento será color salmón. Están plantados a un lado y otro del zócalo, la gran plaza que está adornada, las más de las veces con la estatua de un gran personaje. En torno al zócalo, bancos adornados de azulejos, fuentes de agua, boganvilias, hibiscos. Y luego peluquerías, evocadoras de los saloons de los westerns, donde se toma el pulque, jugo fermentado de un agave, la fuerte tequila, alcohol destilado a partir de otro agave.
El mercado, por su parte, despliega el pavés de los pimientos, plátanos, bananas, aguacates, cañas de azúcar… Está lleno de matronas y muchachitas que se pasan el día entero vendiendo sus cinco limones y miran con sus ojos negros al comprador que tiene la pretensión de comprarlos todos al mismo tiempo. Los indios de la montaña han hecho 20 km a pie para intercambiar un manojo de ramas por algunas naranjas. Los comerciantes de tortillas, la galleta de maíz que constituye el alimento básico, hacen sonar alegremente sus palmas para ablandar la pasta.
La producción artesanal —en absoluto destinada a los turistas, salvo en algunos lugares especialmente frecuentados por los extranjeros— revela una facultad de invención inigualable. El plumero de un ama de casa o una simple flauta de terracota tienen la gracia de un objeto raro. Los pájaros pintados, las estatuillas maliciosas, los ponchos multicolores, los objetos de jade, de turquesa, de alabastro, de ónice o de bambú están inspirados a la vez en el candor de la infancia y el gusto por lo fantástico. Bernal Díaz, el cronista de Cortés, extasiándose ante el mercado central de Tenochtitlán, la capital de Moctezuma, terminaba su narración con un suspiro: «Jamás acabaría de enumerar…» En este sentido nada ha cambiado a pesar del paso de los siglos.
La fiesta es algo omnipresente. Si fuéramos de un punto a otro del territorio, consignando el calendario exhaustivo de las festividades, constataríamos probablemente que existen más de una por día. Fiesta pagana, cristiana o patriótica, fiesta privada y fiesta improvisada, en la que se cae con frecuencia en el momento en que menos se piensa y de la que es imposible escapar… En las cercanías de Pascua, de Navidad y del 12 de diciembre, la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, patrona de México, las iglesias están ocupadas noche y día por una multitud que ora, canta y duerme allí mismo. Las mujeres dan de mamar a sus niños y, a falta de confesionarios, en número suficiente, los sacerdotes reciben públicamente la confesión de los pecados. En algún santuario de la montaña, allí al abrigo de los tiempos modernos, los indios continúan viviendo a su ritmo, se asiste a una impresionante mezcla de paganismo y cristianismo, las imágenes de los santos están adornadas o vestidas en función de sus beneficios y, cuando los milagros resultan decididamente escasos, los santos en cuestión son puestos de cara a la pared, como castigo… Durante la Semana Santa, la reconstrucción de la Pasión de Cristo se desarrolla con un realismo a veces impresionante. Por todas partes, lo sobrenatural se mezcla estrechamente con la vida cotidiana. Nada más alegre, más vivo que un cementerio mexicano: ninguna verja separa del exterior las tumbas de tiernos colores, ya que sería cruel poner aparte a los difuntos. El Día de los Muertos todas las confiterías ofrecen dulces en forma de esqueletos y es algo de buen tono enviar a sus amigos, a través de la gaceta local, versos sobre la Danza de la Muerte…
Otra fuente de admiración para el visitante: el número y la importancia de los lugares arqueológicos. Se han recensado más de 11.000 en el conjunto del territorio y todavía no se ha acabado. La abundancia es tal que los arqueólogos renuncian a veces a excavar un paraje del que no esperan gran cosa nueva, para consagrar sus esfuerzos y sus créditos a los terrenos que prometen algo inédito. Los obreros entran entonces en acción a centenares. Con sus pirámides, sus palacios, sus juegos de pelota, sus estelas y sus monumentos, un sitio «interesante» puede ocupar varias hectáreas. Se
puede excavar el mismo lugar durante decenios sin llegar a agotarlo. La última gran cantera de excavaciones habría sido la del metro de México: a cada paso los obreros sacaban huellas de la antigua capital de Moctezuma.
Nada tiene de extraño, pues, que la arqueología revista en México un aspecto pasional: a la búsqueda de sus fuentes, de sus raíces, el ciudadano de hoy día, olvidando gustoso el «entreacto» colonial, se siente profundamente afectado por cualquier descubrimiento que se refiera a las civilizaciones indias. Esta «prehistoria» sigue siendo para él de una actualidad ardiente, ya que aztecas y mayas figuran siempre como grandes antepasados. En un país en que las estadísticas oficiales recensan un 60 por 100 de blancos, el monumento a la Raza, la fiesta de la Raza y las estatuas elevadas en Cuauhtémoc, el último emperador azteca que resistió a Cortés, van en este sentido. Es en el museo, ante los restos de trece civilizaciones precolombinas conocidas hasta hoy día, donde los niños de las escuelas aprenden a conocer a su patria.
La borrachera de México
Catorce millones de habitantes en el Gran México, 40 km de diámetro, 2.240 m de altitud. Una ciudad amena que, al compás de la expansión demográfica y de la inmigración de los campesinos fascinados por sus luces, se extiende irresistiblemente en dirección de las dos sierras Madre, que se unen en torno a ella. «México será verdaderamente una ciudad magnífica —decía un viajero— el día que se la inaugure.» Tal como está ahora, con su torre latinoamericana dominando la perspectiva de la Reforma y de Insurgentes —dos interminables bulevares que arrastran su ola de coches durante docenas de kilómetros, entre fachadas sin especial estilo—, puede decepcionar en un primer momento. Pero ocurre con México como con la mayoría de las grandes metrópolis contemporáneas: el secreto de sus encantos está reservado al viajero sutil, capaz de ver, más allá de las apariencias, la memoria de una ciudad.
Un buen lugar para abordarlo: la plaza Garibaldi, en la hora en que las orquestas de mariachis comienzan su ronda de noche en busca del aficionado que las va a alquilar para celebrar un aniversario, una recepción, o para ofrecer una alborada a su amada. A fin de ganarse el mercado, las formaciones rivales dan muestras de sus talentos con una alegría capaz de resucitar un muerto. La altitud, la música, el olor de la pimienta, un vaso de tequila: los ingredientes de la borrachera de México están listos.
Una cita más culta luego, en el Zócalo, el corazón de la ciudad azteca, el término de la búsqueda para la tribu venida del norte. Según la profecía, la errancia tendría fin allí donde los sacerdotes vieran un águila apostada sobre un cactus y teniendo en su pico una serpiente. Aquí se elevaron el palacio de Moctezuma, el recinto del Gran Templo con sus pirámides y sus santuarios, el disco de los sacrificios, que tuvieron que transportar 50.000 hombres; los juegos de pelota, los conventos, los arsenales, «cosas jamás vistas (…) ni siquiera en sueños», escribía el cronista de Cortés.
De todo aquello, nada queda. El conquistador y sus compañeros, persuadidos por los sacrificios humanos de que habían descubierto el reino de Satán, arrasaron la ciudad por fanatismo y sus cimientos por ambición: se decía, en efecto, que los sacerdotes, para propiciarse a los dioses, ocultaban los tesoros bajo las primeras piedras de los templos.
Tras haber destruido todo, los españoles reconstruyeron in situ su propia capital: la catedral, que es la más antigua de América latina; el Sagrario, suntuosamente barroco; el Palacio nacional y el Monte de Piedad, asediado por una multitud colorista.
A dos pasos, el mercado de la Merced, cuyos puestecillos ciñen uno de los más bellos claustros del país, nos darán —con la misma razón que el mercado de San Juan, el mercado Tepito o el mercado Abelardo Rodríguez— una primera visión de una abundancia llevada hasta la extravagancia: los escaparates consagrados a las hierbas que curan del mal de amor o del mal de ojo, o a los juguetes que harían creer que estamos en Navidad durante todo el año, merecen mención especial.
Mención especial también para uno de los logros de nuestro tiempo: la Ciudad universitaria, que dispersa en un gran parque sus aproximadamente 80 edificios decorados de mosaicos y épicos patrióticos; el barrio del Pedregal, donde émulos de Frank Lloyd Wright han edificado sobre la lava de un volcán apagado residencias de ensueño donde los árboles crecen en medio del living-room y donde un arro-yuelo atraviesa el salón; la plaza de las Tres Culturas, en fin, donde el arquitecto Mario Pañi ha llegado a casar sin escándalo un conjunto de apartamentos para 100.000 habitantes con. los restos de las pirámides que vieron el último combate de Cuauhtémoc y una iglesia barroca con su interior recubierto de oro.
Tres museos para iniciarse
Para alojar el museo nacional de Antropología, el arquitecto Pedro Vázquez concibió un inmenso velo de cemento, sostenido, por encima del patio central, por una columna única de donde surge una cascada. A un lado y otro del patio, cada uno de los pueblos de México tiene derecho a dos salas superpuestas: en el piso bajo las obras maestras de su período precolombino; en el piso alto, lo que ha llegado a ser hoy día, con sus juegos, sus ritos, sus artesanado, sus costumbres, su música, etc. Abajo, la historia del arte; arriba, la etnología. El conjunto resulta de una riquieza y de una claridad tal que no existe, en el momento actual, ninguna obra capaz de proporcionar una documentación equivalente sobre México.
A fuerza de visitar las salas, horizontal o verticalmente, se familiariza uno poco a poco con los huaxtecas, los mixtecas, los zapotecas… Se aprende a «leer» las estelas, cuyo dibujo, a primera vista parece un montón de líneas indescifrables, y a identificar los principales dioses de una mitología que multiplica sus avatares. El dios de la Lluvia, por ejemplo, llamado Tlaloc por los aztecas, Chac por los mayas y Dzahui por los mixtecas, es llamado Tajin por los totonaques y Cocijo por los zapotecas; en un país en que la sequía y las inundaciones pueden adoptar proporciones catastróficas, por todas partes se encuentra su efigie.
Se descubre que Huehueteotl, dios del Fuego primordial, tiene una cabeza muy simpática, mientras que Xipe Totee, dios de los Orfebres y de la Primavera, apenas merece su sobrenombre de «Nuestro Señor el Desollado»: cubierto con la piel de sus víctimas, guiña el ojo tras sus órbitas vacías como un zombie sangriento. Coatlicue, diosa de la Tierra, es igualmente horrible a primera vista, con su falda de serpientes, su pectoral de cráneos y de corazones, y su cuello cortado, cuya sangre surge bajo forma de siete reptiles; pero de su masa enorme emana al mismo tiempo una fuerza tranquila, un prodigioso flujo vital.
En el barrio sur de la capital, no lejos de la Ciudad universitaria y del Pedregal,
el museo Diego Rivera constituye la antítesis absoluta de los principios aplicados en el Museo nacional. Para albergar las 3.000 piezas de colección que ofreció a su país el pintor más célebre de México, quiso una especie de templo-pirámide, donde todo está sacrificado a la estética y al misterio. Aquí, ninguna ficha explicativa distraerá a los aficionados de su pura delectación. En esta caverna de lava gris, iluminada por vidrieras de ónice, los dioses sangrientos del Museo nacional ceden paso a un pueblo de estatuillas que hacen la guerra y el amor, cazan, pescan, duermen, sonríen y reflexionan. Al lado de las bailarinas con pronunciadas caderas de Tlalilco, las diosas voluptuosas de los pueblos del golfo de México presiden los goces de la carne y la remisión de los pecados.
Frente a estos testimonios de la edad de oro, Diego Rivera instaló otra colección, que gustará a quienes vienen a México ante todo para ver esqueletos. Los caballeros del Apocalipsis, los guerrilleros, los arzobispos y los pastores de la muerte, los cráneos de azúcar pintados como libros de horas danzan la zarabanda y gesticulan en un sarcástico derroche de colores.
Y luego está el museo nacional de Historia, alojado en el triste castillo de Chapultepec desde donde Maximiliano y Carlota contemplaban la ciudad que les rechazaba. Cortés no tiene allí más que un solo retrato sombrío, relegado a un rincón. Luego vienen una media docena de virreyes estirados, que representan tres siglos de moda española y parecen fascinados por un fresco impresionante: el combate de un conquistador y de un caballero-águila azteca. El águila clava al caballero su jabalina en el momento en que éste le atraviesa el cuerpo con su lanza. Es como rizar el rizo: más que una lucha a muerte, se piensa en una fusión de la que va a salir la nueva raza.
Los penitentes de Guadalupe
A algunos kilómetros de la capital, la basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, fundada en 1533, alberga la imagen de la Virgen Morena, que se apareció al indio Juan Diego. Patrona del país, símbolo de la guerra de la Independencia contra España, atrae, de un cabo al otro del año, a una multitud de peregrinos procedentes de toda América latina.
Sobre el terraplén central que divide en dos la avenida que lleva a Guadalupe, las orquestas de mariachis preceden con desfiles que llevan coronas de flores: los futbolistas de Cuernavaca, los basureros de Morelia, los carteros de Izucar de Matamoros. Entre los grupos se intercalan los penitentes que han hecho voto de recorrer de rodillas los siete últimos kilómetros del bulevard. A veces se hacen acompañar de un amigo encargado de colocar una manta bajo sus rodillas conforme van avanzando: sin duda la Virgen no se malicia en que sus fieles, respetando su voto, traten no obstante de sufrir lo menos posible.
En la esplanada (tan amplia como la de Lourdes) que se extiende delante de la basílica, los bailarines aztecas coronados con plumas, rinden homenaje a María, los mariachis se desencadenan, los comerciantes de globos, de cigarrillos y de golosinas se hacen de oro. Al lado de Pocho, la capillita cuyas cúpulas de azulejos tienen la frescura de un oratorio sevillano, se abre el camino que lleva a Tepeyac, la colina de la aparición.
Multitudes también en la plaza de toros, donde los bichos un tanto sofocados por la altitud se enfrentan a matadores ligeramente barrigudos. Pero, también aquí, el entusiasmo, el gusto por la fiesta, los gritos, la música y los colores barren el espíritu crítico y el sentido de lo relativo, como ocurre en el palacio de Bellas Artes, donde el Ballet folklórico de México da una visión de las danzas que no siempre se tiene la suerte de ver en los pueblos. Quetzolcoatl, la Serpiente de plumas, destruye los cuatro puntos cardinales y arranca los hombres al dios de la Muerte, los pequeños de Michoacan parecen tullidos para mejor sorprender saltando luego por los aires, los bailarines de Veracruz anudan en forma de corazón una cinta con sus pies y una ceremonia mágica contra la muerte del ciervo a manos de los cazadores. Luego vienen escenas revolucionarias, donde el público corea: «Soy soldado de Pancho Villa».

También se puede remontar la costa del golfo hacia el norte, para descubrir las playas de Guaymas y, en la Baja California, de San Felipe, en las cercanías de la frontera americana, o de La Paz, al extremo sur de la península.
La región oculta, sin embargo, otros temas de interés. Como sombras obstinadas que no se resistirían a desaparecer del todo, los descendientes de los indios precolombinos, refugiados en la sierra que a poca distancia del océano, mantiene, contra viento y marea, su herencia. En la sierra Cora-Huichole, entre Guadalajara y Mazatlán, los templos están agujereados por una ventana, para que los dioses puedan examinar las ofrendas depositadas en el exterior, y decorados con esas cruces de lana que sorprendieron tanto a los misioneros. Los huicholes celebran su matrimonio en el mar, y cada año, parten durante un mes a la montaña en búsqueda del peyotl, un pequeño cactus alucinógeno que consideran como el alimento del alma.
En la región de Durango, los tepehuanes, que viven en una especie de chalets de troncos de árbol, rezan a la vez a Cristo y al Sol. Los indios yaquis, cerca de Guay-mas, y los tarahumaras, en torno a Chihuahua, figuran entre los más notables videntes de un país donde el don de la profecía, el éxtasis místico y el trance religioso forman parte de la vida cotidiana
Conocida en el mundo entero por la raza de perros minúsculos, de ojos globulosos, a la que ha dado su nombre, Chihuahua se enorgullece igualmente de un museo algunas de cuyas salas están consagradas al sitio arqueológico de Casas Grandes y a la civilización del «Oasis americano» que unían a los indios sedentarios y campesinos de Arizona, Colorado y del Sonora mejicano. A 150 km al norte de Chihuahua, Casas Grandes es uno de los lugares de investigación más interesantes del Estado. Se descubren allí los restos de una ciudad dotada de pirámides, de juegos de pelota y de «grandes casas» de varios pisos, muy características.
Se llega por fin a Ciudad Juárez, separada de la americana El Paso por el río Bravo-río Grande. Como en Mexicali, al oeste, o en Matamoros, en el golfo de México, se trata de una ciudad fronteriza con su folklore prefabricado, su artesanado en serie, sus pulquerías dudosas. El color, el poco de locura, la invención barroca, están todavía allí, pero ya no tienen corazón. Aquí, el auténtico México no sabe dar de sí más que una triste caricatura.

Pese a sus diferencias políticas, parece difícil no relacionar estos dos países, cuya geografía, historia, cultura y forma de vida se parecen tanto que podría decirse que sus disensiones proceden de sus semejanzas. Son Estados tapones entre Oeste y el Este, entre Zaire y Tanzania. Situados en la barrera montañosa que corta África verticalmente, constituyen una zona de paso obligado y, al mismo tiempo, el punto más alejado del destino final, el mar. El océano Indico está a 1.200 km y el Atlántico a 2.000 km, lo que no simplifica la búsqueda de un equilibrio económico. Este aislamiento valió a la región el que sólo fuera descubierta por los europeos tardíamente, a finales del siglo XIX.
Igual que su vecino Zaire, Ruanda y Burundi estaban poblados en su origen por
pigmeos: los twas (o batwas), que no subsisten más que en pequeño número y muy mezclados. Luego vinieron, a comienzos de nuestra era, agricultores bantúes, la etnia más importante del momento actual; son los hutus (o bahutus).
En torno al siglo XVI, pastores hamíticos, los tutsis (o batutsis), llegaron del Norte con sus rebaños de bueyes. Estos hombres delgados, que apreciaban tanto los chistes y bromas y bebían hidromiel, eran igualmente valerosos guerreros. Impusieron su monarquía a los hutus.
Los reyes se sucedieron en ambos países con fortunas y rivalidades de influencia. Los primeros colonizadores —los alemanes— se apoyaron en las monarquías reinantes para establecer su dominación. Tras la Primera Guerra mundial, los belgas hicieron lo mismo hasta la independencia, en 1962. La liberación de los territorios fue seguida de una explosión de los instintos étnicos y de sangrientas guerras fraticidas entre hutus y tutsis.
Una de las particularidades de Ruanda y de Burundi es tener una población importante en una superficie pequeña. Esta densidad no comporta la miseria, pese a un terreno montañoso. No hay grandes aglomeraciones, donde podrían amontonarse los parados, sino una nube de pequeñas aldeas familiares. A lo largo de las pistas se desgrana una sucesión de cabañas, generalmente hechas de barro seco, sujeto por un trenzado de madera coronado por un tejado de paja, que cada vez va sustituyendo más la teja ondulada. Alrededor, los bananeros forman un tupido velo; sus frutos sirven básicamente para fabricar la cerveza por fermentación. Muy cerca está el recinto donde los bovinos están cerrados durante la noche. Con sus largos cuernos, forman parte del paisaje; también forman parte del patrimonio y representan un capital más que una fuente de alimentación: la importancia del propietario y su rango social son determinados por el número de estos animales, por lo que no es cuestión de matarlos, y la cabaña resulta totalmente improductiva. En torno a este núcleo se extienden los campos, sembrados de grupos de eucaliptos, plantados de cultivos. Las mujeres trabajan vestidas con tejidos de vivos colores.
Un relieve bastante elevado (entre los extremos, 770 m y 4.500 m, la altitud media se establece a 1.500 m), pero sin agresividad, caracterizan a los dos Estados, que se autodenominan «país de las mil colinas». Del conjunto emana una gran dulzura, confirmada por un clima templado. En el Norte, en Ruanda, el parque de los Volcanes, en el macizo de los Virunga, prolonga el de Zaire. Muchos de estos volcanes, el más elevado de los cuales, el Karisimbi (4.507 m), posee dos cráteres, se prestan al ascenso, y se encuentra allí la sorprendente vegetación del Ruwenzori: hagenias de largas cabelleras de líquenes, liqúenes arborescentes, inmortales, lobelías, y muchas otras plantas extraordinarias. Con un poco de suerte, también se pueden ver elefantes, búfalos e incluso, aunque sean mucho más raros que en Zaire, gorilas.
Resulta divertido constatar que hay una fuente del Nilo en Ruanda y otra en Burundi; forman parte de los recursos turísticos, y se puede admirar, en ambos casos, un pequeño riachuelo.
Una multitud de lagos ocupa estas regiones, pero dos de ellos sobre todo atraen a los visitantes: el Kivu, en Ruanda, lugar de excursión y de ocio (con bella playa muy bien equipada en Gisenyi), y el Tanganika, en Burundi, auténtico mar interior. Las aguas de este último son sumamente ricas en pescado, y los pescadores sacan tonelada de n’dagalas (pececillo que se parecen a las sardinas). La capital de Burundi, Bujumbura, gran ciudad de casas bajas, aireada por el verdor, se extiende a sus orillas. La capital de Ruanda, Kigali, se oculta entre las colinas; los barrios son muy dispersos, cada uno ha tomado posesión de una colina, coronada por una iglesia o un pequeño inmueble que la diferencia de sus vecinas. Desde allí, una carretera se dirige hacia el este y hacia la principal atracción de Ruanda: el parque de Kagera, reserva de animales de 390.000 hectáreas. Pistas bien mantenidas permiten descubrir paisajes muy diversos: colinas que pueden alcanzar los 1.600 m, sabana herbosa o arbustiva, conjunto de lagos y de islas, bosques-galerías a lo largo de los ríos. La flora es interesante, también la fauna: hipopótamos, leones, panteras, cebras y, sobre todo, colonias de antílopes y de búfalos. Allí hay por centenares, cuando no por miles, damaliscos, impalas, kobs, linces y unos pocos sitatungas, que viven entre los cañaverales. Los búfalos, de impresionante tamaño, son unos 7.000. Es posible cazarlos en reservas especiales, y sus trofeos son muy apreciados. No olvidemos las aproximadamente 500 especies de pájaros de todos los tamaños, que hacen escala en los lagos en el curso de sus migraciones. Aunque esté próxima a Kigali, esta reserva es poco visitada. Probablemente a eso se debe la impresión de intimidad y de paz.

La ciudad de los dioses
A 50 km de Méjico, el paraje arqueológico de Teotihuacán, la «Ciudad de los dioses», constituye un conjunto gigantesco (6 km de largo por 4 km de ancho), a un lado y otro la avenida de los Muertos. En Teotihuacán, todo es misterio: no se sabe casi nada del pueblo que lo edificó, ni las razones que llevaron a éste a abandonarlo bruscamente. Los cronistas indios interrogados por los compañeros de Cortés, decían que en un mundo muerto, un dios humilde y enfermo, Natuatzin, encontró en este lugar al dios Tecuciztecaltl, que hacía penitencia. Ambos se arrojaron al fuego sagrado, se convirtieron en la quinta luna y el quinto sol, edificaron las pirámides y crearon al hombre. Ante la pirámide del Sol, que tiene una base tan amplia como la de Keops, la pirámide de la Luna, el conjunto de los palacios y de los templos que, en el siglo V de nuestra era, ocupaban una superficie superior a la de la Roma imperial, se encuentra que esta explicación bien vale los tanteos de los arqueólogos. Como en el Partenón, como en las Pirámides, el espíritu sopla y resucita a los dioses.
Impresión profunda también en Tula, la ciudad santa de los toltecas, esos bárbaros del Norte que, tras haber destruido Teotihuacán, se convirtieron en los «amos de todas las artes». La historia de la ciudad, fundada, según la tradición, en el 856, gira en torno a la Serpiente de plumas, hija de la Serpiente de nubes. Según la leyenda, Quetzalcoatl nació en el 947, se convirtió en rey en el 977 y fue expulsado de su ciudad por los maleficios de Tezcatlipoca, dios del Cielo nocturno y de los Guerreros, que se representa en forma de un espejo de fuego. Durante el reinado de Quetzalcoatl, no había sacrificios humanos como en Teotihuacán, pero tras su marcha, los toltecas comenzaron a abrir el pecho de las víctimas con un cuchillo de obsidiana y a ofrecer su corazón al Sol… Quetzalcoatl se alejó en una balsa de serpientes hacia el país rojo de la Aurora. Le encontramos en Chichén Itzá, entre los mayas. Pero estaba escrito que el rey-sacerdote, de piel blanca y rostro barbudo volvería algún día. Cuando Cortés desembarcó, los indios creyeron que ese día había llegado. De ahí la débil resistencia encontrada, al principio, por el conquistador.
De los esplendores de Tula subsisten sobre todo los atlantes, guerreros de piedra de 5 m de alto que sostienen el techo del santuario principal. Armados con jabalinas y con un propulsor, continúan vigilando sobre la ciudad abandonada.
La ruta de las «Mil Cumbres»
Hacia el oeste, en dirección de Patzcuaro, la carretera de las «Mil Cumbres» lanza sus 380 kilómetros de curvas cerradas al asalto de las sierras. En algún sitio, al fondo de un valle desconocido, se oculta la fuente de la juventud que los españoles buscaron con tanto constancia y tan poco éxito como Eldorado. Como los mitos se basan siempre en algo, ciudades de agua han crecido por aquí: en San José Purúa y Agua Blanca, tranquilos pacientes siguen esperando el milagro.
De camino, dos mercados especialmente impresionantes: el de Metepec (los lunes), un pueblo que produce las cerámicas más famosas del país (miles de santos, de animales de todo tipo y árboles de la vida —o árboles de Jessé— que decoran las casas y sirven de candeleros), y el de Toluca, donde los indios otomis vienen (sobre todo los viernes) a vender sarapes (mantas) y rebozos (chales) en medio de otro montón de terracotas de infinita variedad. Desde allí, por una carretera mala, los amantes de la arqueología irán a ver Calixtlahuaca un templo redondo, el templo del Viento, la única construcción de Méjico que da una idea del santuario dedicado a la Serpiente de plumas que se elevaba antiguamente en Méjico. No dejos de allí, el altar de los Cráneos, construido para recordar a los dioses la abundancia de los sacrificios que les eran ofrecidos, testimonian, una vez más, la extraña coexistencia entre el culto de un soberano humanista y la religión feroz aparecida durante su reinado.
Hasta 1828, Morelia se había llamado Valladolid, en honor de la ciudad natal del primer virrey de Méjico, y es lamentable que no se le concediera enseguida el beneficio del doble nombre: si el recuerdo de Morelos, héroe de la independencia, merecía ser celebrado, no deja de ser cierto que esta ciudad rosa ha seguido siendo perfectamente española y que recuerda más a Castilla que a Michoacán. Con sus muros macizos y sus patios de arcos grises, la universidad no desentonaría en Europa. Ante el pórtico del colegio de las Rosas Teresitas, donde se dan excelentes conciertos de música clásica, la estatua de Cervantes tiene la expresión serena de quien se siente en casa. La catedral misma se vincula a la tradición del Mundo Antiguo: es el más bello edificio de la ciudad, lo que resulta excepcional en un país donde, a veces, por lo rica, lo pesada, lo retocada, la catedral no ofrece apenas interés. A orillas del lago de Patzcuaro, una plataforma arruinada marca el emplazamiento de la capital del Imperio tarasca, Tzint-zuntzan, cuyo nombre significa «lugar donde . están los colibrís». En su origen, los tarascas eran salvajes que escandalizaban a sus contemporáneos porque iban desnudos, se depilaban el cuerpo, vivían en cavernas y rechazaban la monogamia. Evolucionaron, por lo demás, muy pronto: los arqueólogos modernos hablan del «imperio mundano» de los tarascas. Pero, hasta el final, continuaron haciéndose notar al no hacer nada como el resto de la gente: primero derrotando a los aztecas, que jamás llegaron a imponerles su hegemonía; luego, no dejándose impresionar por las criaturas sobrenaturales que representaron, para muchos indios, los caballos españoles. La crónica cuenta que la hija del rey de Tzintzuntzán capturó uno de ellos y, embridándole para mostrar a su pueblo que no se trataba ni de un monstruo ni de un fantasma, reanimó la resistencia.
El pueblo alberga artesanos que exponen a lo largo de la carretera un inagotable surtido de objetos tallados en tallos de maíz o trenzados con corteza de caña.
Apartados del pueblo, los edificios abandonados de una iglesia, una capilla, un baptisterio y un convento recuerdan la presencia de dos franciscanos que, por pertenecer a la misma orden, no por ello dejaron de utilizar métodos radicalmente opuestos: Fray Martín de La Coruña edificó aquí, a partir de 1533, el primer convento de Michoacán y ordenó la destrucción sistemática de las fortalezas y de los templos tarascas, mientras que su sucesor, don Vasco de Quiroga, consagró su vida a proteger y cuidar a los indios, que todavía hoy día se reúnen bajo los olivos plantados por él.
Situada a más de 2.000 m de altitud, enteramente construida en tierra apisonada, la pequeña ciudad de Patzcuaro entrecruza calles obscuras y doradas. Dos inmensos zócalos bordeados de arcadas blancas se parecen, con sus céspedes bien cuidados, a beguinajes flamencos donde las cofias estarían sustituidas por los rebozos azul oscuro de las Indias tarascas. La casa de los Once Patios, antiguo monasterio carmelita transformado en granjas y establos en la época del anticlericalismo militante, ha sido admirablemente restaurado. En cuanto al museo de Artes populares, figura entre los más encantadores de un país donde todos lo son. Instalado en el antiguo colegio de San Nicolás, construido por don Vasco, presenta las grandes jarras rubias, las bandejas de laca, la cerámica negra de Michoacán, así como una colección de máscaras que caricaturizan con una malicia desarmante a personajes europeos: el fatuo de vistosos bigotes, el matamoros con bigotes enrollados, el sacerdote con barba en forma de doble corazón. Tras siglos de coexistencia, la abundancia del sistema piloso del hombre blanco sigue fascinando a este pueblo inberbe.
Desde Patzcuaro, se embarca uno para llegar a la isla de Janitzio, uno de los parajes más fotografiados de Méjico: las redes de los pescadores atrapan más turistas que peces, y, en el curso de la noche del 1 al 2 de noviembre, el cementerio de la isla, tradicionalmente iluminado con velas en el momento en que se trae a los muertos los patos salvajes cazados para ellos, se ilumina con los destellos de los flashes electrónicos.
Más al oeste, tras Uruapan, el Paricutín ha constituido, de 1943 a 1951, una atracción tan concurrida como la de la noche de Difuntos en Janitzio; en el curso de estos ocho años, el bebé volcán, que, una mañana, había surgido en medio de un campo, alcanzó la honorable altura de 300 metros. Al comienzo, los campesinos golpearon la tierra como hacen habitulamente para calmarla. Pero, a medida que la montaña crecía, el número de visitantes aumentaba. Cuando la lava anegó su pueblo, no dejando emerger más que el campanario, los campesinos eran ricos.

La excepcional posición de encrucijada del Irán en ningún sitio queda tan evidente como en la provincia de Azerbaidján. Limitada al sur por el Kurdistán, al oeste por Turquía, al norte por la URSS y al este por el mar Caspio. El bazar de Tabriz, su capital es una auténtica torre de Babel: turcos, armenios, turcomanos y kurdos se mezclan en la barahunda de una media docena de lenguas y dialectos. En el Azerbaidján, la lengua principal no es el persa, sino el azeri, variante del turco. La necesidad de saber regatear con cada cliente en su idioma original ha dotado a los comerciantes de Tabriz de increíble capacidades lingüísticas: aparte de las lenguas de la región, suelen hablar un poco de inglés, de francés, de alemán o de italiano.
El bazar, cosmoplita, está bien provisto de productos artesanales de todas las especies. Aparte de las alfombras de Tabriz, justamente famosas, se encuentran batiks (sedas impresas sobre fondo amarillo o rojo), sumaks (tejidos bordados a mano con hilos de lana), varnis (alfombras realizadas con la misma técnica que los sumahs). Estas riquezas sólo son un pálido reflejo de las de antaño. En la Edad Media, Tabriz era el punto de encuentro de las caravanas procedentes de Asia y de Europa, y las mercancías de los dos mundos se intercambiaban allí. La ciudad se adornaba mientras de monumentos, destruidos poco a poco por los terremotos y las invasiones. La mezquita Azul (Masd-jed-e-Kabud), construida en el siglo XV y considerada como una de las más bellas de Persia, se encuentra hoy día en un lamentable estado. Afortunadamente se ha emprendido un trabajo de restauración considerable.
Desde Tabriz, es posible ir en todas las direcciones. Al sudoeste, el inmenso lago de Rezaye extiende sus aguas saturadas de sal en 150 km: ¡imposible ahogarse allí, ni apagar la sed! Más allá, no lejos de Turquía, un circo de montañas, apartado de la gran ruta, alberga a San Tadeo, el santuario armenio. La iglesia fortificada, construida con piedras negras, es una de las más antiguas de la cristiandad. Lugar de peregrinación, reúne, al menos en julio, a millares de armenios venidos del mundo entero para conmemorar el martirio del santo. Pues los armenios, como los kurdos, son un pueblo sin patria. Arrinconados entre Irán, Turquía —donde fueron víctimas, a comienzos de siglo, de un auténtico genocidio— y la república soviética de Armenia, muchos han preferido el exilio.
En dirección diametralmente opuesta, al este de Tabriz, Soltaniyeh ofrece, a orillas de la ruta de Teherán, el más bello ejemplo de arquitectura mongol que nos haya llegado. Nada permitiría reconocer, en este pueblo miserable, la brillante capital de los sucesores de Gengis khan si el mausoleo del rey Oldjaitu Khodabandeh no aplastase todavía, con su imponente masa, las casas bajas. Su cúpula turquesa, rodeada de columnas, alcanza los 59 m. La extraordinaria decoración de estuco y de cerámica está muy estropeada, pero, también aquí se hallan en curso trabajos de restauración.
Del país de los corderos al país de los búfalos
Desde Tabriz, una carreterita se dirige hacia el nordeste y permite alcanzar la frontera soviética y el mar Caspio. Atraviesa primero las altas mesetas del Azerbaidján, largas ondulaciones a veces cultivadas —el Azerbaidján es fértil—, pero con más frecuencia cubiertas de hierbas amarillas donde pacen rebaños de corderos blancos y negros. Un viento glacial, poderoso, procedente de las montañas cercanas, baña al paisaje y ensordece al viajero. Cada invierno, la región queda sumergida bajo la nieve durante varios meses. Para protegerse del frío, los pueblos se funden con el suelo, entre dos colinas: se les puede apreciar gracias a los montones de estiércol que usan como reserva de combustible.
En el interior, se vive bajo corsi. El suelo de una pieza cuadrada está completamente provisto de colchones o alfombras, el centro está ocupado por una pequeña estufa baja. El conjunto está recubierto con una única manta de las mismas dimensiones que la pieza. El calor se conserva así, a ras del suelo, y se espera, tumbado, el final del invierno… En esta ruda provincia, las costumbres siguen siendo tradicionales. La poligamia, casi desaparecida en Irán, aunque siga siendo legal, todavía tiene sus adeptos.
Los habitantes de la meseta se aprovisionan en Ardabil, pequeña ciudad cerca del límite septentrional del país. Ciudad natal del Sha Ismail, fundador de la dinastía Sefévida, conserva de esta época un bellísimo monumento, el mausoleo de Cheikh Safi, caracterizado por la curiosa yuxtaposición de tres cúpulas de altura, decoración y diámetro diferentes. Un viejo mollah hace visitar las oscuras salas con paredes completamente pintadas, con el suelo cubierto de alfombras enormemente antiguas. Una reja de plata maciza protege la tumba del cheikh, hecha de madera cincelada incrustada con caligrafías de marfil.
Al salir de Ardabil, la carretera atraviesa todavía la alta meseta durante treinta kilómetros antes de llegar a un puerto. Una vez franqueado éste, el paisaje cambia por completo. Tras la austera grandeza del Azerbaidján, se extienden los bosques, los pastos y torrentes; tras los pueblos de tierra están las casas de madera, con tejados a dos aguas; ¡tras el Asia central, una pequeña Suiza! La pista desciende, por una interminable serie de curvas, desde los 1.200 m de altitud de Ardabil hasta el mar Caspio, asimismo situado a 20 m por debajo del nivel del mar. Colgado en el flanco abrupto de un valle, corre a lo largo de la frontera soviética y su impresionante red de fortificaciones: muros, miradores, campos militares. Al término del descenso, algunos kilómetros de llanura y, enseguida, el Caspio, con sus olas y sus playas de arena, su viento y su olor semejantes a los de todos los mares del globo…
La región del Caspio no tiene ningún punto en común con el resto del Irán. Arrinconada entre el mar y los montes El-burz, cuyas cimas retienen a las nubes venidas del norte, la franja costera goza de una humedad casi tan excesiva como la sequía lo es en el resto. La vegetación es lujuriante. Una auténtica selva virgen, impenetrable, cubre las cuestas de las montañas, llenas de lobos, panteras, osos e incluso, según se dice, algunos tigres. Más civilizada, la estrecha llanura es el granero del Irán: allí se cultiva arroz, té, algodón, caña de azúcar, frutos y legumbres. En primavera, las ciudades desaparecen bajo el formidable estallido de las flores. Las casas campesinas están hechas de madera, cubiertas con un tejado de chamizo que desciende hasta casi el suelo. Las mujeres, vestidas con un pantalón apretado a los tobillos bajo una falda y un corsé llenos de color, trabajan en el agua de los arrozales, bajo la mirada indiferente de algunos búfalos.
Caviar y baños de mar
Y luego está el mar. Un mar cerrado, el más amplio lago del mundo, en definitiva. Pero un lago cuyas aguas son más saladas
que las de los océanos y sobre el cual se desencadenan brutales y temibles tempestades. Los pescadores que se arriesgan en sus pequeñas embarcaciones rudimentarias muestran una gran valentía… A veces, se utiliza un método de pesca más seguro y laborioso: en una playa, una veintena de hombres, inclinados a lo largo de una cuerda, rastrean, centímetro a centímetro, con una interminable red, cuya curva se pierde a lo lejos, en la aguas grises. Llevar esta red a tierra, puede exigir varias horas de esfuerzos, para una captura que no siempre es abundante.
El esturión, pez-rey del mar Caspio, con su «nariz» puntiaguda, mide de 2 a 3 metros de largo. Los restaurantes de orillas del mar sirven su carne en forma de excelentes brochetas, pero su fama se debe más bien al caviar, los huevos extraídos del vientre de la hembra y salados según una dosis rigurosa: el sabor de los gruesos granos negros al fundirse con la lengua es incomparable.
Muy superior al producto ruso, el caviar iraní es único en el mundo. Su producción se concentra en Bandar-e-Pahlavi, el mayor puerto iraní del mar Caspio. En su rada vienen a abrigarse los pequeños cargueros que aseguran los intercambios con la Unión soviética. Al malecón, transformado en jardín público, viene la población de la ciudad, por la tarde, para respirar el aire de mar. Los marineros con permiso se amontonan ante las casetas de tiro al blanco, cuyos objetivos son grandes fotos de mujeres, recortadas de revistas americanas. Al fondo, una isla llena de cañaverales.
Más allá de Bandar-e-Pahlavi, las bellas propiedades de las gentes ricas de Teherán y las estaciones balnearias se suceden, bloqueando sistemáticamente el acceso al mar. La estación más elegante, Ramsar, donde jardines lujuriosos rodean hoteles y casino, está edificada en un marco maravilloso: la llanura costera, en este lugar, se reduce al mínimo y la montaña cae casi directamente sobre el mar.
Una ciudad santa en la estepa
El nordeste del Irán, desde el Caspio hasta el Afganistán, marca el comienzo de las grandes estepas del Asia central. Es el reino de los turcomanos, pueblo nómada en curso de sedentarización. Su color amarillo y los ojos rasgados les distinguen claramente de los otros iraníes de los que fueron antaño implacables enemigos. En Pahlavi Dej se celebra cada jueves su mercado de caballos: los descendientes de los terribles caballeros que lanzaban mortíferas incursiones contra las ciudades persas, elegían, como antaño sus monturas. Se encuentran también tejidos tradicionales rojos y negros y joyas de plata. Un poco apartadas del pueblo están plantadas dos o tres yurtas: estas tiendas redondas constituidas por un armazón de madera forrada de fieltro, eran hasta hace algunos años, el único modo de habitación conocido por los turcomanos.
A un centenar de kilómetros de allí, un príncipe del siglo XI hizo edificar en Gonbad-e-Qabus, a guisa de tumba, una enorme torre de 63 m de altura. Construida en ladrillo, este extraño cilindro coronado con un pequeño tejado cónico, está completamente vacío, no tiene ni escalera ni rampa. Los despojos del príncipe, según la tradición, reposaban en un féretro de vidrio, suspendido mediante cadenas de la cima de la torre.
No lejos de la frontera afgana, Meshed, tercera ciudad del Irán, es ante todo la ciudad santa del chiismo. A sus 410.000 habitantes se añaden, en permanencia, varias docenas de miles de peregrinos. Con motivo de las principales fiestas religiosas, la población de la ciudad puede doblarse e incluso triplicarse: los fieles duermen entonces en las aceras. Esta multitud abigarrada es fascinante por su animación —que a veces llega a la exaltación— y por la diversidad de todos los hombres y vestidos, originarios de todas las provincias del Irán, así como del Irak, del Afganistán y del Pakistán. Numerosos peregrinos, muy pobres, han tenido que hacer economías durante mucho tiempo antes de venir aquí, pero todo buen chuta tiene el deber de venir al menos una vez a la tumba del santo imam Riza.
Meshed no existía en el 818, cuando Riza, el octavo de los doce imams, murió, sin duda envenenado, cuando atravesaba la región. Fue enterrado all mismo y su tumba fue objeto de tal veneración que pronto se desarrolló una ciudad. Se convirtió incluso por algún tiempo, hacia mediados del siglo XVIII, en la capital de Persia.
Objeto de la solicitud real, el santuario del imam fue agrandado y embellecido en todas las épocas. Conjunto de mezquitas, escuelas, bibliotecas, coronado de cúpulas y minaretes, se eleva en el centro de unaamplia plaza circular donde se reúnen los fieles. A la hora de la oración, éstos penetran en el interior del recinto, se precipitan en las salas tapizadas con millares de fragmentos de espejos, se apretujan a la entrada del santuario propiamente dicho, deslumhrados por su ornamentación de piedras preciosas y placas de oro y plata cinceladas. La terrible multitud de pe regrinos se desborda finalmente contra la reja de plata maciza que protege la tumba, en un esfuerzo desesperado por tocarla. ¡Es la mejor prenda de salvación!
El turista infiel, por su parte, no puede gozar de esta prenda de beatitud eterna, ni siquiera de los tesoros artísticos del santuario: la entrada le está estrictamente prohibida.
El hombre y el desierto
Lejos del sudoeste, lejos del mundo, lejos de todo, en pleno desierto pero rodeado de un oasis que produce los mejores dátiles del país, Bam sueña con los días gloriosos del pasado. La ciudad muerta, abandonada desde hace ciento cincuenta años, reserva al visitante las más fuertes impresiones de su viaje. ¿Cómo no verse envuelto por esta ciudad fantasma ceñida de espesas murallas, por esas ruinas caóticas donde se encuentran casas, bazares y mezquitas? Enseguida quiere uno perderse por este país alucinante: un paso fuera de la arteria principal y ya no se sabe si se está en el interior de un edificio cuyo tejado se ha hundido, o en una callejuela medio taponada. Impresionado por esta atmósfera de desolación, uno no se extrañaría de ver surgir a un guerrero con armas, o a un bárbaro con el sable levantado. De hecho, zorros y cuervos huyen ante el ruido de las pisadas…
Por encima de la ciudad, colgada de una cima rocosa, la ciudadela monta guardia. Dédalo de patios, de escaleras, de caminos de ronda, paisajes subterráneos, opone su recinto almenado, su collar de torres, sus fortines avanzados sobre la llanura gris, siniestra de Dasht-i-Lut. El Gran Desierto salado, que llega lentamente al pie de la muralla, está seguro de poder decir, algún día, la última palabra.

Al norte del Khuzestán, el Kurdistán ocupa un lugar aparte en el conjunto iraní. La fuerte personalidad que esta región debe a sus paisajes, pero también y sobre todo a su población, aparece poco a poco a medida que se penetra en él. En su límite sudeste, Hamadán, cuya única característica es la de ser la patria adoptiva de Avicena, médico y filósofo del siglo XI, célebre por su Canon de medicina, no ofrece apenas interés. En la carrtera de Kermansha, en Misotun, una cornisa adornada de esculturas del siglo V antes de J.-C, que representa el triunfo de Darío, cierra una fértil llanura.
Kermansha, con sus 200.000 habitantes, es una ciudad demasiado grande para que los kurdos hayan conservado toda su individualidad. Su bazar, que escala el flanco de una colina mediante una red de escaleras y calles, es, no obstante, muy curioso. A la salida de la ciudad, las grutas de Taq-e-Bostan están adornadas de soberbios frisos tallados en época sasánida. El más bello representa una caza del jabalí: los cazadores, a lomos de elefante, cruzan a través de pantanos donde están emboscados los barqueros, montados en barcas.
La carretera que sube hacia el norte se introduce en un mundo de montañas caóticas, de cimas inaccesibles, precipicios, un mundo en donde la noción de horizontalidad parece haber desaparecido. La calzada cuelga de los muros de roca, ganando algunos metros de altura al precio de virages que ponen los pelos de punta, antes de descender por una vertiginosa pendiente. Entre los picos, las fallas oblicuas revelan otras líneas de crestas, otras cumbres. Frente a este paisaje grandioso y cruel, no se extraña uno de que los kurdos fueran temibles guerreros. Su vida errática por la montaña y las altas mesetas, siguiendo a sus rebaños de corderos, les preparó a todos los combates. Y las ocasiones de luchar no le han faltado a este pueblo de origen mal conocido, que, desde siempre, ha ocupado el centro del Oriente Medio.
Divididos en tribus independientes, los kurdos han estado en constante rebelión contra las autoridades nacionales de que dependían sus territorios. Dispersos hoy día especialmente por Turquía, Irak e Irán, han aprovechado los acontecimientos de 1979 para hacer resurgir sus reivindicaciones independentistas. Los kurdos, en efecto, jamás han sido asimilados, y quieren preservar su modo de vida de toda influencia árabe, iraní u occidental. Para descubrir su cultura en toda su autenticidad hay como siempre que apartarse de la ruta principal y de los caminos trillados. Una excursión a Takht-e-Soleyman da buena ocasión para ello.
Expedición al país kurdo
De hecho, el término que mejor conviene es el de «expedición». En Takab, gran pueblo ya situado a 50 km de la carretera principal que atraviesa Kurdistán, es indispensable alquilar un Land-Rover. Comienza entonces un trayecto de tres horas sobre lo que ni siquiera puede llamarse una pista: hay que contentarse con seguir lo mejor que se pueda las huellas del vehículo anterior. Los lodazales, los atolladeros de cuarenta centímetros de profundidad, las piedras, los ríos atravesados, con el agua a la altura casi hasta los asientos, hacen agotador este avance efectuado a 10 ó 15 kilómetros por hora. Los hombres que encontremos de camino se suben en la parte trasera de la furgoneta, que hace así las veces de autobús. Cuando la máquina no puede andar más, todo el mundo empuja…
La recompensa está a la altura del esfuerzo. Pronto se llega a pequeños pueblecitos donde nada parece haber cambiado desde siglos atrás. Sin electricidad ni teléfono, separados del mundo cinco meses por año, ya que la «pista» queda cerrada por la nieve, estas aldeas se componen exclusivamente de casitas de tierra, apretadas unas contra otras como para calentarse mutuamente en los grandes fríos del invierno. Los corderos, guiados por los niños, pueblan las callejuelas. Aquí toda la población lleva el vestido tradicional kurdo. Los hombres van vestidos con un traje ajustado y con un pantalón bombacho, cortados con el mismo tejido oscuro. Un largo cinturón multicolor rodea su cintura, y están tocados con un turbante lleno de pequeñas franjas que les aprietan la frente y las mejillas. Las mujeres van espléndidamente vestidas: faldas, corsés y pañuelos, elegidos en tonos rojos y anaranjados, adornados de bordados dorados o plateados.
Sentado ante su puerta, un viejo de rostro arrugado como las montañas de su país bebe tranquilamente su té. Uno se lo imagina en su época de juventud, con el torso lleno de cartucheras, un largo fusil en la mano, marchando en un desfile, a la vuelta de un ataque contra un puesto enemigo. Pero ya no es la hora de la lucha, y la hospitalidad es un deber sagrado. Los extranjeros son invitados a compartir la comida familiar. Los niños, de hecho, no participan en ella, pero la mujer permanece con los hombres en presencia de los visitantes, signo evidente a un estatuto social superior al habitual en Irán.
La alimentación, en cambio, es la misma que en el resto del país. Sentados en la alfombra, se come el tchelo-kabab (brochetas de cordero acompañadas con una generosa porción de arroz), enrollando un poco de carne y de arroz en un trozo de una amplia torta. Al mismo tiempo se sirven cebollas y mast, excelente yogurt hecho en la casa.
Tras el último vaso de té se procede a la larga ceremonia de los agradecimientos y de las despedidas. Tras la impresionante hospitalidad kurda, es difícil volver a esas increíbles pistas. Pero Takht-e-Soleyman, el «Trono de Salomón», nos espera…
Al fondo de una amplia perspectiva de montañas, un pequeño volcán, apagado desde hace tiempo, se halla adosado a una barrera rocosa. Una fuente mineral llena el cráter con agua de un azul luminoso. La pureza de este lago perfectamente circular, en el centro de ese paisaje imponente, explica sin duda la fascinación ejercida por el lugar: Takht-e-Soleyman fue, para todos los ocupantes sucesivos de Persia, un lugar sagrado. La leyenda hace nacer allí a Za-ratustra, por lo que los sasánidas le dedicaban una veneración particular. En el siglo III después de J.-C, rodearon la cumbre del volcán con una muralla flanqueada de veintiocho torres y edificaron un templo al Fuego al borde del lago. Para evacuar el exceso de agua de este último, siete pequeños canales se deslizaban bajo los bloques macizos del recinto.

En la imaginería occidental, Ispahán es la encarnación misma de la ciudad de las Mil y una Noches, con sus esplendores un tanto misteriosos: rico oasis en el desierto, cúpulas azules de las mezquitas, minaretes, palacios. La fascinación que ejerce desde el siglo XVII sobre los viajeros procedentes de Europa no se debe simplemente a un gusto por lo exótico: los iraníes, que consideran Ispahán como «la mitad del mundo», son los más sensibles a su belleza. Tanto es así que no se resiste uno al atractivo de esta ciudad mágica, cuyo poder de seducción permanece intacto aunque se haya convertido en un gran centro industrial y la segunda aglomeración del país.
La gloria de Ispahán está vinculada a la de la dinastía de los Sefévidas que, en el siglo XVI y XVII, llevó a la civilización persa a su edad de oro. Era una ciudad ya antigua cuando, en 1598, Abbas I trasladó allí su capital, anteriormente instalada en Qazvín. Decidió entonces, según escribe Pierre Loti, «hacer de esa ciudad (…) algo que asombrase al mundo. En una época en que, incluso en Occidente, todavía andábamos con plazas estrechas y callejuelas retorcidas, un siglo antes de que fuesen concebidas las orgullosas perspectivas de Versalles, este Oriental había soñado y creado grandiosas simetrías, despliegues de avenidas que nadie después de él supo igualar».
El mejor ejemplo de la amplitud de concepción de la ciudad es la avenida principal —Tchehar Gagh— que se extiende, rectilínea, en varios kilómetros. Tiene dos vías de circulación, separadas por una amplia avenida a la que los habitantes vienen a pasearse a la sombra de los álamos. A lo largo del Tchehar Bagh (cuyo nombre significa «Cuatro Jardines») se elevaban antaño los palacios del rey y de los cortesanos. Hoteles y comercios les han reemplazado, haciendo de la avenida la gran arteria comercial del Ispahán actual. Pero el plan de conjunto, de rara grandeza, está allí para poner de relieve las mezquitas que cuentan entre las obras maestras de la arquitectura islámica.
El monumento más antiguo de Ispahán y tal vez el más interesante de visitar, es la mezquita del Viernes. Construida según el plano iraní, comporta un amplio patio rectangular con cuatro iwans, rodeado de salas hipóstilas que le permitían recibir a toda la población de la ciudad. Remontando, en sus partes más antiguas, al siglo XI, ha sido retocada, embellecida, transformada después, ofreciendo isí un panorama de la evolución de las técnicas arquitectónicas y decorativas a través de los tiempos.
El primer período se puede observar en las cúpulas de la gran sala vecina realizadas únicamente con ladrillo de color natural. Los efectos decorativos son obtenidos
por la disposición de estos ladrillos según motivos geométricos, diferentes en cada cúpula: estrellas, rosetones, cuadrados… El segundo período, que corresponde a las épocas seldjúcida y mongol (siglo XII y XIV); queda ilustrado por los alvéolos que tapizan el iwan oeste: el color aparece, pero todavía de una manera balbuciente. Los ladrillos esmaltados azules y negros dibujan entrelazos sobre el fondo amarillo de los ladrillos naturales. En fin, el tercer estadio, en que el despliegue de color se generaliza, está representado por el iwan sur, adornado de mosaicos de cerámica multicolor del siglo XV.
Esta técnica de decoración polícroma se desarrolla en las dos mezquitas de la plaza Real, corazón del Ispahán de Abbas I. Imponente cuadrilátero de 500 m de longitud por 140 m de ancho, la plaza está rodeada de una doble hilera de arcadas superpuestas. Las del piso bajo se abren a almacenes, mientras que la hilera superior es puramente decorativa. La hilera de arcadas solo es interrumpida por la abertura de algunas calles y por cuatro monumentos: la mezquita del Sha y la puerta del bazar en medio de los pequeños lagos; la mezquita de Cheikh Lotfollah y el palacio Ali Qapu en los lagos grandes.

Pese a todo lo que pueda ofrecer o evocar la costa este, pese a los encantos del litoral sur, son muchos los que dicen que es en el oeste, en Galway, en el distrito de Connemara, en las riberas del Lough Corrib y en el anillo del Kerry, donde Irlanda aparece en toda su múltiple e impresionante belleza.
Esa es la Irlanda que han mostrado las grandes películas. No podemos olvidar los currachs (especie de piraguas) en tela alquitranada de los pescadores del Hombre de Aran, los prados del Hombre tranquilo, los lagos diamantinos del Taxi malva, La hija de Ryan en la playa desierta, al pie de las abruptas cornisas de Dingle…
Cuando uno se maravilla de la firmeza pétrea con la que muchos irlandeses rehusan adoptar las formas de vida y de pensamiento de un mundo que les sigue siendo extraño y que consideran complicado, bastará con recordar las cornisas de Moher, que oponen una muralla de más de 100 metros de altura a los asaltos del océano, pero al mismo tiempo cubiertas hasta su última franja por un maravilloso césped que ha dado a la isla su color y su símbolo. Los corderos se tumban en la hierba, y los caballos se revuelcan como una bandada de pájaros en libertad. Las casas bajas se cierran en arco, los árboles se pliegan, las hierbas se doblegan y el Atlántico escupe sobre las playas la espuma de su ira.
Ceñida por completo por el mar, tonificada por su sal, aureolada por sus vapores, Irlanda permanece apegada a la tierra y prefiere reflejarse en el agua de sus innumerables lagos, a veces opacos, a veces de una limpidez sedosa, donde las colinas violáceas o doradas se reflejan con la seca pureza de trazo de las estampas japonesas. En las riberas de estos lagos es donde hallamos la mayoría de estos héroes a veces legendarios que pueblan las sagas irlandesas. En el mar, no encontramos más que a San Brendan sobre una ballena en búsqueda de su isla encantada, o Grace O’Malley, que se dedicó a la piratería, desafió a la gran Isabel Tudor, coleccionó (en todos los terrenos) conquistas y víctimas, pero permaneció siempre fiel a la palabra dada.
El rigor con que se aplica en Irlanda un especial código del honor, del pecado y de la ofensa, puede quedar ilustrado por el inflexible señor de Lynch: como el verdugo se negaba a aplicar la sentencia, ejecutó con su mano a su propio hijo, culpable de haber matado a un huésped español.
Los galeones ibéricos que, en el siglo XV, traían vinos, maderas y bacalao seco, encontraban abrigo seguro en los puertos bien resguardados de la costa oeste, con recortadas orillas. Cristóbal Colón siguió varias veces el «corredor del Atlántico» y se afirma, en Galway, que estuvo refugiado en la colegiata de San Nicolás antes de partir en la Santa María, llevando entre su tripulación a un muchacho del país.
Estos hombres de las tres islas de Aran son rudos marinos. Una leve capa de arena y de algas secas no da más que una flaca cosecha de patatas. Sin embargo, desde los tiempos más remotos, el lugar estuvo habitado y fue defendido así, como testimonia el ciclópeo recinto de Dun Aengus, redondeado en forma de media luna sobre la cornisa de Inishmore. Los pescadores, vestidos con espesos jerseys de gruesa lana, calzados con botas de piel de cabra sin tacón, llevan sus currachs entre las olas.
Más amables parecen los cien islotes de Clew Bay, Achill Island, con su rutilante montaña; las islas Skelligs, que, de lejos, parecen nevadas a causa de los millones de pájaros que coronan sus cornisas. Todos estos pájaros vuelan con gran estrépito cuando se acerca el helicóptero que trae a los peregrinos que escalan la roca desnuda para ver las ermitas sobre el abismo, intactas desde .hace más de mil años.
Irlanda, la primera orilla que vio Lindbergh cuando volvía de cruzar el Atlántico desde América, escala donde se posan cada día los grandes aviones transatlánticos, es feudo de las aves migratorias, pero también de las grandes rapaces que planean sobre los barrancos. Los de Killarney suelen escapar a la curiosidad de los turistas que se consuelan yendo a Two-Mile-Bridge, cerca de Clonmel, para visitar la halconería, donde se crían animales de caza, y admirar, entre halcones y milanos de menor envergadura, un águila dorada y un buitre negro que, según se dice, es el mayor del mundo. A veces hay que echar a las gaviotas de las pistas de Shannon Airport. Los cisnes blancos surcan los lagos en gran número. Cuando se camina a través de landas y praderíos, los aguzanieves emprenden el vuelo en las marismas, los urogallos y las cercetas escapan entre los cañaverales.
El furioso Cromwell, al buscar para Irlanda una «solución definitiva», quería enviar a todos los irlandeses «al infierno o a Connacht», donde el tierno verde de las colinas se halla cuadriculado por inútiles muros de piedra que los ingleses obligaron a construir a los irlandeses, a cambio de una irrisoria pitanza.
Esta región que se creía desheredada, azotada por todos los vientos, mordida por todas partes por las olas, se ha salvado únicamente por su belleza. Con sus tres lagos, orillados de magnolias y azaleas, sus hermosas cascadas y el perfil de la más alta de las cumbres de la isla, Killarney se ha convertido, sin perder nada de su encanto, en la Meca del turismo irlandés. El Anillo del Kerry, que se recorre en sentido inverso a las agujas del reloj, entre murallas de rododendros; Cong, donde se encuentra la pagana «tumba del Gigante» y, en los emocionantes restos de la abadía, las lápidas funerarias de príncipes y obispos; las colinas azules del Connemara, con sus chozas dispersas, de las que sube un hilo de humo azul, ofrecen imágenes suficientes para satisfacer al fotógrafo más exigente.
Igual que la preciosa cruz de Cong, desaparecida desde hace ciento cincuenta años y reaparecida en una humilde casa de pueblo para pasar al National Museum de Dublín, Irlanda emerge de siglos de tinieblas para reaparecer en una Europa agitada, como una joya, y sobre todo como un refugio donde la vida ha conservado su sabor; donde, como decía hace cien años Anthony Trollope, «se recobra la paz del corazón y del espíritu».

Quienes prefieran el barco al avión, llegan por lo general a Irlanda por el sudoeste, desembarcando en Rosslare. Son acogidos con los brazos abiertos, y la cerveza servida en el mostrador de madera pulida por miles y miles de codos. En Wexford, hermosa ciudad de callejuelas estrechas, los habitantes esperan al turista para guiarle hacia el mejor «pub cantante». En Waterford, tan orgullosa de su vieja Reginald Tower, como de su célebre cristalería, siempre se encuentra a alguien que cuente la historia de la ciudad y nos invite a una copa…, la primera de una larga ronda.
Tal vez el viajero prefiera la soledad de las dunas, la caza del zorro, el batir de alas de la reserva de pájaros de las islas Saltee, o ir a Dungastown, cerca de New Ross, y comulgar con el culto del antepasado de los Kennedy, que partió a hacer fortuna a las Américas; en cualquier caso, se puede admirar sobre una colina el magnífico parque que domina su modesta casa y contará fácilmente 6.000 árboles de todas las especies conocidas.
La costa sur es amable, sobre todo entre Cork y Bantry, de donde salió, en 1838, el primer vapor que atravesó el Atlántico. En Bearney hay que ir a besar en la cumbre de la torre, tras una agotadora subida de 127 escalones, la piedra milagrosa que hace elocuente… o por lo menos charlatán. También se puede, mediante un óbolo dejado a discreción del huésped, hacer